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Pureza Sexual … ACUÉRDATE DE MI, SEÑOR

agosto 15, 2013

Saludos a todos ustedes que defienden día a día su pureza sexual

“Y uno de los malhechores que estaban colgados allí le lanzaba insultos, diciendo: ¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!  Pero el otro le contestó, y reprendiéndole, dijo: ¿Ni siquiera temes tú a Dios a pesar de que estás bajo la misma condena?  Y nosotros a la verdad, justamente, porque recibimos lo que merecemos por nuestros hechos; pero éste nada malo ha hecho.  Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.  Entonces El le dijo: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso.”  Lucas 23: 39-43

Nadie estaría más cerca de Cristo que yo en la culminación de Su pasión.  Compré mi palco preferente con el precio de mis delitos y la sentencia de muerte que recayó sobre mí para cortar mi vida en plena juventud.  Sí, mi cuerpo mutilado, destrozado por los azotes y los golpes, también se levantaría en el Gólgota como muestra de la violencia de este mundo.  Mis manos y mis pies serían traspasados por la furia de los clavos y el golpe del martillo.  Pero a diferencia de aquel Hombre Galileo, mi sentencia era justa; cada herida, cada golpe, era el resultado de mis delitos.  Yo era merecedor de este suplicio.

No buscaré justificación en mi pasado de abandono, en no tener buenos modelos durante mi crianza, en tenerme que lanzar a las calles desde niño a buscarme mi sustento para sobrevivir.  Esas pudieron ser buenas excusas en algún momento de mi vida, cuando la maldad del pecado me tragó entre sus fauces… Pero luego, cuando  llegó a mí este mensaje de esperanza, supe mejor y no hice nada para enderezar mis pasos.

Sí, yo fui uno de los que escuché el mensaje de Jesus y me alimenté de Su Palabra de Vida, pero lo descarté, pensando que más tarde podría venir a sus caminos, que más tarde tendría otras oportunidades. ¡Qué necio fui!  Permití que el conformismo de este mundo me engañara; permití que mi mente se embriagara con un pensamiento de muerte que ahora me pasaba la factura: que todavía tenía tiempo para buscar una santidad; que no me preocupara por seguir los pasos de Jesús; que todavía me quedaba mucho por vivir.

Ahora, clavado en una cruz que me condena a morir sin esperanza, puedo ver la película de mi vida y darme cuenta que se extinguen mis pasos por esta tierra de manera trágica.  Recibí el sublime regalo de vivir y en lugar de apreciarlo como un tesoro, lo descarté entre vicios y delitos que me sumieron a una densa oscuridad.  Huérfano de sueños, sin un legado que dejar a nadie, sin nada bueno que hable de mí y de lo que hice mientras viví, hoy se acaban mis días.  Nadie se acordará de mí; nadie recordará mi nombre; solo seré un delincuente más que tronchó sus días prematuramente al escoger este camino de muerte.

Aún así, desvanecidas todas mis esperanzas en esta tierra, tengo que confesar que todavía queda una débil llama en mi pecho que la Palabra de este Justo encendió en mí años atrás, cuando escuché desde un monte uno de sus mensajes.  Recuerdo que decía que “los de limpio corazón” eran bendecidos, porque ellos verán a Dios. ¿Sería yo uno de esos? ¿Podría Dios limpiar mi corazón y darme una última oportunidad, aunque fuera para la otra vida?  ¿Tendría yo esperanzas para el Reino de los cielos, allá donde Dios mora y espera por sus hijos?

Entonces, durante todo mi caminar en ruta a la cumbre de este monte lo vi.  Una queja no salió de sus labios.  Más que dolor por sus heridas, lo que veía en su rostro era el dolor por los que lo perseguían y agredían.  Más que pedir justicia, todo lo que hizo fue orar y pedir a Dios que perdonara a todos los que le hacían el mal.  Más que pedir consuelo, consoló a la muchedumbre que lloraba y no entendía este sacrificio. 

Lo vi paso a paso, vestido de mansedumbre y humildad; lo vi llevando una cruz tan pesada como el odio del mundo, pero liviana al compararla con Su amor por esta humanidad que no lo merecía.  Lo vi, despojado de todo lo terrenal, pero revestido de un brillo de eternidad que insuflaba fuerzas y esperanzas para un mañana en otra tierra, en otro mundo, alejado de todo este dolor.  Lo vi, apresado en esa cruz, que para los ojos de muchos destilaba muerte y derrota, pero ante mis ojos esa cruz lo hacía libre y victorioso, en plenitud de vida y gozo.

Entonces, en medio de todo lo majestuoso que mis ojos estaban viendo, se rompió el silencio de aquella cumbre con un grito de desesperación.  El hombre crucificado al otro lado de Jesús abrió su boca para insultarlo, para cuestionarlo sobre esta pasión que Cristo había decidio echarse sobre sus hombros, aun sin merecerla. “¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!”

Aquella voz me recordaba otros momentos, cuando mi voz se escuchaba de idéntica manera.  Eran las temporadas cuando intenté escapar de mis problemas sin enfrentarlos, cuando no quería asumir la responsabilidad por mis acciones.  Sí, me escuché en la voz de aquel otro reo de muerte que quería escapar de una condena merecida.

Pero hoy mi boca no se abriría para quejarme de lo que yo mismo me propicié, ni buscaría una escapatoria terrenal a mi dilema.  Hoy, pensaría en la eternidad.  Entonces busqué acallar la voz de aquel otro reo con mis palabras al decirle: “¿Ni siquiera temes tú a Dios a pesar de que estás bajo la misma condena?  Y nosotros a la verdad, justamente, porque recibimos lo que merecemos por nuestros hechos; pero éste nada malo ha hecho.”

Sí, esa era la verdad.  Yo merecía morir, pero el Hombre al lado mío merecía vivir.  Yo había sido sentenciado justamente, pero el Hombre al lado mío había sido condenado a la muerte de manera injusta.  Entonces se me ocurrió una alocada idea: Este Hombre no buscaba recompensas terrenales, sino las eternas.  Este Hombre entregaba su vida en esta tierra a cambio de una mejor vida en los cielos.  Clavado en esa cruz, este Hombre ya tenía puesta la mirada en otro mundo, en otro destino: en la casa de Su Padre.

Fue por eso que me atreví.  Me atreví a abrir mi boca una vez más, antes de que el sello de la muerte la enmudeciera para siempre.  Entonces le dije:  “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.”  ¿Sí, Señor, podrás acordarte de este malhechor agarrado de un hilo de esperanza, que en la última hora de su vida puede reconocerte y darte la honra que te mereces?

Las palabras de Jesús no se hicieron esperar.  Porque Él se especializa en aquellos del último momento; en los que son arrebatados del reino de las tinieblas en el segundo final.  Su manto de misericordia se extiende por toda la tierra para cubrir a todo aquel que busque salvación aun con el último suspiro de su vida:  “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso.”

No se necesitaron más palabras. Su promesa de eternidad era suficiente.  Sus palabras cerraron mis ojos en paz, porque había encontrado la Verdad que se me perdió en el camino.  Hoy podía descansar confiado, porque mañana, cuando despierte, habré abierto los ojos al nuevo amanecer que Cristo, el Lucero de la Mañana, ya me ha prometido.

Mañana seré un ciudadano de Su Reino eterno.  ¡Mañana abriré los ojos y estaré vivo en el Reino de Aquel que me arrebató de la cruz y de la muerte, para darme salvación en mi último momento!

Ahora te toca a ti.  ¿Te atreverás a abrir tu boca, aún cuando nada más quede, para decirle al Salvador que se acuerde de ti?  Hazlo.  No tengas miedo.  Él ya tiene su respuesta preparada y ella encierra una promesa de eternidad.  Si te atreves, tú también abrirás los ojos a una nueva vida en su Reino imperecedero.  ¡Allí vivirás para siempre!

Un abrazo,

Edwin Bello

Fundador

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Pureza Sexual … TAN SOLO MIGAJAS

julio 23, 2013

Saludos a todos ustedes que defienden día a día su pureza sexual

“… al oír hablar de Él, una mujer cuya hijita tenía un espíritu inmundo, fue y se postró a sus pies.  La mujer era gentil, sirofenicia de nacimiento; y le rogaba que echara fuera de su hija al demonio.  Y Él le decía: Deja que primero los hijos se sacien, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos. Pero ella respondió y le dijo: Es cierto, Señor; pero aun los perrillos debajo de la mesa comen las migajas de los hijos.  Y Él le dijo: Por esta respuesta, vete; el demonio ha salido de tu hija.”  Marcos 7:25-29

¿Hasta dónde llegarías con tal de reestablecer la salud de tu hija que padece de una enfermedad incurable?   ¿Dejarías una piedra sin remover, o un rincón de la tierra sin visitar en busca de una cura?  Ante esa encrucijada se encontraba aquella mujer sirofenicia de quien nos habla el Evangelio.  Porque muchas veces, no es hasta que uno está en el mayor entuerto de su vida, cuando todo se derrumba alrededor nuestro, que miramos al cielo para pedir un auxilio que en nuestra mente no creemos merecer y que pensamos no llegará.

Y aquella mujer gentil, apartada de las costumbres judías, se encontraba al final de una calle sin salida en su noche más oscura, mientras la salud de su pequeña se quebrantaba más y más.  ¿Tocaría a la puerta de un judío, de un Rabino, para que su hija fuese sana?  ¿Qué no haría ella, por su niña?

Así fue que escuchó de aquel hombre, llamado Jesús.  Todos decían que estaba lleno de virtud y gracia del cielo y que curaba los enfermos.  ¿Y qué se necesitaba para que ocurriera uno de esos milagros en la vida de su hija?  Pues creer.  Creer que ese milagro le pertenecía y declararlo a los cuatro cientos, sin dudas, sin reparos.

De tal manera llegó aquella mujer al encuentro con Jesús.  Y allí, cuando pudo ver la misericordia de Dios engendrada y hecha carne, la mujer sirofenicia se postró ante los pies de Cristo a clamar por su milagro.  Pero algo sucedió.  Ante sus ruegos, Jesús aprovechó el momento para aclarar un dilema y plantar un fundamento.  ¿Alcanzará la gracia de Dios a los gentiles, a los que no pertenecen al pueblo escogido de Israel?  Y es aquí que se enuncian aquellas palabras de Cristo, donde le dice a la mujer sirofenicia que primero deben comer el pan los hijos (refiriéndose a los judíos) para que ellos se sacien, porque no está bien que antes se eche el pan a los perrillos.

Y ahora, ante tal pronunciamiento de Cristo, ¿puede decirse algo más?  Mientras la multitud de judíos miraba a la mujer, dirigiendo sus ojos sobre ella como navajas filosas, su boca se abrió para decirle a Jesús aquella respuesta que quedaría perpetuada como una de las más hermosas en todo el Evangelio: “Es cierto, Señor, pero aun los perrillos comen las migajas de debajo de la mesa de sus amos.”  ¿Puedes entenderlo?  ¿Puedes apreciar la medida de fe tan descomunal de aquella mujer?

Aún con las migajas del cielo, aquella mujer tendría su milagro.  Sí, tan solo migajas, de esas que nadie, o casi nadie, valoraría, o vería como suficientes para calmar el hambre.  Porque para poder ver y apreciar una pocas migajas caídas en el suelo e ignoradas por todo el mundo, es necesario tener un hambre extraordinaria.  Sí, un hambre tan fuera de este mundo, tan sobrenatural, como el hambre de aquella mujer sirofencia.  Porque ella solo necesitaría una pocas migajas del Pan de Vida para que la puerta de lo sobrenatural se abriera.  Solo unas pocas e “insuficientes” migajas y su pequeña sanaría.  Y así ocurrió.  Su hija fue sanada cuando el Dios de los imposibles le dijo que para Él todo era posible.

¿Sabes por qué estas migajas hablan a tu vida y a la mía?  Porque lo que es insuficiente para el incrédulo es suficiente para Dios y para el que cree en Él.  Puede ser que la vida te esté ofreciendo en estos momentos solo unas pocas migajas en momentos difíciles; que ante tus ojos carnales la provisión que tienes sea insuficiente.  No te desanimes.  Ahora mira estas migajas con los ojos de la fe.  Ahí verás la suficiencia de Dios en tu vida, porque aunque solo fuera con esas pocas migajas, ¡tu milagro viene!

¿Puedes declararlo así para tu vida?  ¿Puedes creer que con tan solo unas pocas migajas, desprendidas de la mesa de la gracia, ignoradas en el suelo por muchos incrédulos, tu milagro ocurrirá?  Créelo.  Porque le servimos a un Dios que no excluye de su mesa a ninguno de sus hijos y que da más que migajas, da con abundancia a quien se lo pide.  Pídele.  Porque Él tiene mucho más que migajas para ti; ¡Él tiene Sus manos repletas de milagros para transformar tu vida!

Un abrazo,

Edwin Bello

Fundador

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Pureza Sexual … VENCEDOR DE LA MUERTE, VENCEDOR DE MI IMPUREZA

marzo 31, 2013

Saludos a todos ustedes que defienden día a día su pureza sexual

La piedra ha sido removida.  El sello romano ha sido cortado.  Los soldados han huido despavoridos. La tumba está vacía.  El sudario que arropaba el cuerpo muerto de Jesús, yace doblado, como testigo de que no hay muerte que cubrir donde solo existe Vida.

La aparente derrota de la cruz culmina ahora con la resonante victoria del Cristo sobre la muerte. Ahora, todo lo pasado tiene sentido, desde el primer azote, desde la primera burla hasta el “todo está consumado…”  Ahora todo lo por venir, hasta el fin de los tiempos, tiene una razón de ser…

Ahora puedo entender…  Porque el que clavó sobre sí en un madero todas mis iniquidades, todos mis pecados sexuales, todas mis lujurias, ha sido levantado de entre los muertos en un cuerpo glorioso, victorioso, libre de mis impurezas y de las impurezas del mundo. Ahora entiendo su sacrificio… Ahora entiendo por qué decidió echar sobre su cuerpo toda la maldad que no le pertenecía…  Ahora puedo ver por qué aceptó convertirse en maldición ante los ojos perplejos de un mundo que ni lo reconoció como el Hijo de Dios, el Esperado de los tiempos.  Porque sin aquel sombrío viernes, no puede existir un domingo glorioso.  Porque sin la derrota de la Cruz, no hay la victoria de la tumba. Porque sin el dolor de la pasión, no puede existir el gozo de la redención. Porque sin la oscuridad de la muerte, no puede haber una reluciente resurrección.

Sí, abandonó la tumba.  Aquel hueco tallado en la tierra no podía contenerle.  Y con su victoriosa salida de aquella fosa, Él te habla a tí y a mí.  Él te dice que podemos resucitar también a una nueva y gloriosa vida… Muertos al pecado y vivos en Él.  ¿Qué me dice esto de mi lucha contra la impureza sexual?  Pues muchísimo.  Porque el que venció la muerte es el mismo que compró con su sangre el precio de todas mis impurezas.  Porque si Él resucitó, entonces puedo reclamar esa nueva vida, libre de toda atadura sexual.  ¿Sabes dónde están todas nuestras iniquidades sexuales?  En la tumba. Muertas con el viejo hombre.  Sepultadas para siempre.

Jesús, hoy te pido que nunca se me olvide lo que hiciste por mí.  Es imposible que ahora, me quieras ver todavía dentro de la tumba que ya Tú venciste.  Que nunca se me olvide que si venciste sobre la muerte, también venciste sobre mis impurezas.  Que si te levantaste de la tumba, te levantaste puro, libre, sin mancha, triunfante, y de igual manera me quieres ver.

En mis más difíciles momentos, en el fuego de la prueba, cuando tormentas de dudas arrecien, recordaré esta madrugada.  La tumba está vacía.  Mi Cristo ha vencido.  Y su victoria es nuestra herencia.  Somos victoriosos en Él.  La lujuria sexual está derrotada.  ¡La muerte quedó atrapada en la tumba, pero mi Cristo vive!  Que nunca se me olvide…

Un abrazo,

Edwin Bello

Fundador

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Pureza Sexual … MUERE A LA PORNOGRAFÍA, O ELLA TE MATARÁ

marzo 15, 2013

Saludos a todos ustedes que defienden día a día su pureza sexual

Y encontré algo más amargo que la muerte: a la mujer que es una trampa, que por corazón tiene una red y por brazos tiene cadenas. Quien agrada a Dios se librará de ella, pero el pecador caerá en sus redes.  Eclesiastés 7:26

En los oscuros confines de la lujuria sexual, todo pecado, por más pequeño, tiene la capacidad de encadenar el corazón y esclavizar el alma.  Porque la trampa no está en el pecado en sí, sino en la obsesión de nuestra carne de repetirlo y repetirlo hasta el cansancio.  Hasta que la compulsión carnal nos deje totalmente erosionados.  La pornografía en el Internet no es una excepción a esta regla.

El pasaje en Eclesiastés afirma que un tipo de mujer resultará ser más amarga que la muerte: aquella cuyo corazón tiene una red y sus brazos son cadenas.  ¿Te has topado con un tipo de mujer así?  Para el hombre que ha vivido en la prisión de la pornografía cibernética, todas sus paredes están empapeladas con tal tipo de mujer. No puede existir una mejor definición que la provista por Eclesiastés para describir a la mujer que exhibe sus imágenes de seducción en la pantalla de una computadora.

Así, poco a poco, mediante el elixir embriagante de la pornografía, nos convertimos en adoradores de nuestra carne, adictos de nuestro libido y de nuestras hormonas sexuales; nos convertimos en autómatas obsesionados con nuestros cuerpos y con los cuerpos de personas que nunca conoceremos, porque son meras imágenes electrónicas, retocadas y ficticias, obras de un programador artístico.

Al principio, la pornografía era un juego de curiosidades.  En nuestras mentes infantiles, fantasiosas y lujuriosas, aquellas caras sensuales y sonrientes nos amaban, nos aceptaban, nos veían como super-hombres atractivos dignos de un harén real en los tiempos del antiguo testamento.  En este mundo irreal, las mujeres no desmerecen, no envejecen, nunca están cansadas ni enfermas y siempre tienen un libido y hambre sexual igual o mayor a la que el hombre puede tener.  ¿Podrá mi esposa competir contra estas adversarias irreales en un frente de batalla tan falsificado y utópico?

A pesar de mil argumentos en contra del mundo pornográfico, en mi mente, este mundo de perversión era bueno para mi esposa, porque le daba descanso.  De esta manera, mientras cubría mis apetitos desproporcionados en este buffet lujurioso, mi esposa no era presionada por los vaivenes de la lujuria sexual que atacaba mi carne.  En mis adentros me decía, “por lo menos, con la pornografía no tengo que estar molestando a mi esposa, ya que puedo resolverme por mi cuenta mis impulsos sexuales…” 

Muchas veces también me dije: “con la pornografía no tengo que mostrarle a mi esposa mi verdadera cara; si ella realmente supiera la magnitud de mis apetitos sexuales, pensaría que soy un monstruo, un depredador sexual, o un enfermo sexual descontrolado.”  Entonces, irónicamente este veneno de la pornografía le daba, según mi parecer, estabilidad a mi vida.  Entre el supuesto “mal” de quitarme la máscara y mostrarme como realmente era y el mal de esclavizarme en la pornografía, escogí el peor de los males.  ¿Cómo es posible que no hubiera visto las mentiras de la pornografía, nublando mi mente y llevándome al precipicio?

Mi engañado corazón siempre me dijo que la pornografía cibernética era inocente y sin víctimas y que no me tenía que sentir mal por caer entre sus redes.  Por el contrario, lo que mis voces interiores siempre me afirmaron fue que este tipo de pornografía era un freno para mantenerme en mi casa, alejado de la calle y sus otras seducciones de muerte.  En otras palabras, mi corazón atado a la pornografía pretendía apaciguar mi culpa al decirme que la imagen porno es una defensora de la fidelidad en mi matrimonio, al mantenerme anclado en mi hogar.  ¡Vaya argumento!  La verdad es que un corazón esclavizado es capaz de inventarse cualquier mentira o justificación para seguir bañándose en el fango del pecado.

No obstante las mentiras de mi corazón, la pornografía  siempre traía consigo este sentimiento de insatisfacción; una insatisfacción producto de horas y horas de búsqueda en la pantalla de la computadora, esperando ver aquella imagen, o video que fuera suficiente como para hacerme parar.  Eso es lo que los llamados “adictos al sexo” se refieren al material pornográfico que me iba a “curar” de la atadura, porque después de haberlo encontrado, nunca más desearía ver otra imagen pornográfica.

La realidad es que nunca encontré “mi cura” porque solo unos segundos después de haber encontrado aquella imagen casi “perfecta” mi carne me decía que allá en la oscuridad de este foso de esclavitud habrían muchas más imágenes “mejores” que aquella que acababa de encontrar.  Y entonces, en medio de una locura que se extendía hasta la madrugada, la catarata de páginas pornográficas seguía invadiendo la computadora y el ambiente de mi casa.

Sin darme cuenta, con cada sesión de pornografía, la lujuria sexual plantaba otra bandera de perversión y esclavitud en los cuartos de mi hogar y en mi corazón.  Lo que primero comenzó como una diversión, se había tornado en una guerra perdida, donde iba todas las tardes, cabizbajo, derrotado, apabullado, a rendirle pleitesía y a doblar rodilla ante el altar podrido de la diosa sexo y todas su perversiones.

Así, la pornografía seguiría anestesiando mi consciencia.  La fría pantalla del monitor acabaría cansándome.  No puede esperarse otra cosa de una impersonal superficie de cristal que no conoce tu nombre, no puede abrazarte, ni entenderte, ni aspirar a construir una relación contigo.

La falsa intimidad que se crea con una imagen pornográfica es similar al efecto que causa aquellos anuncios comerciales donde vemos con lujo se detalles a alguien comiéndose una suculenta hamburguesa con todos los ingredientes desbordándose entre dos esponjosos pedazos de pan: Despertará aún más nuestra hambre, pero no podrá saciarnos. ¿Por qué?   Porque solo una verdadera hamburguesa afianzada entre nuestras manos y destinada a nuestro estómago podrá quitarnos el hambre.  De la misma manera, solo una verdadera intimidad sexual, basada en una relación de amor conforme al diseño de Dios podrá llenar nuestro vacío en esta área.

Entonces, cuando el cansancio me cubra y mi hambre por una verdadera intimidad siga creciendo, mi carne le dirá a mi engañado corazón que en la calle, entre los brazos de una mujer igualmente esclavizada al sexo, encontraré mi “cura”.  Así comenzará una cruenta lucha entre permanecer en la computadora inundada de pornografía, o lanzarme a la calle a buscar un objeto sexual de carne y hueso.  Te tengo noticias:  Desde una posición de esclavitud, donde tienes que escoger entre lo malo y lo peor, ya tienes la pelea perdida.  Tu carne siempre buscará lo más dañino, lo más perverso, lo más lujurioso.  Así es la naturaleza caída del ser humano que representada por nuestra carne, siempre lucha contra nuestro espíritu anhelante de la pureza que Dios nos ganó en la cruz.

Y cuando tu carne ya se ha indigestado con cientos y miles de imágenes pornográficas, esa misma carne te pedirá algo “diferente” para alcanzar mayor excitación, mayor adrenalina y mayor libido sexual en un esfuerzo por calmar la compulsión y tener unos pocos segundos de paz.  Y ese algo “diferente” es lo que ocurre cuando sustituyes una imagen pornográfica con una persona en “vivo y a todo color” que habla y respira a tu lado.

Ahora, según mi carne tan tonta y tan necia, mis fantasías lujuriosas serán verdaderas; mi satisfacción sexual no provendrá del acto aislado de mis impulsos carnales, sino que podré compartirla con alguien vivo y capaz de intoxicarme a niveles de lujuria que nunca me había imaginado.  Y mientras mi mente fabrica todo este andamiaje mental de lujuria desquiciante, ya he sido derrotado y sepultado.  Sin que me haya dado cuenta, la lujuria sexual ya me ganó, ya me enterró y cerró la tumba.  Mis seres queridos lloran y todavía no sé que estoy muerto.

¿Qué puedo pedirte mientras escribo estas palabras?  No permitas que la pornografía te mate.  No la veas como una cosa ingenua y sin consecuencias; ahí está una de sus mayores trampas: la trivialización.  Ahora tienes la oportunidad de abrir los ojos y darte cuenta de ciertas verdades inamovibles:

  • La pornografía nunca te dará el amor, la cercanía e intimidad de un cónyuge que te ama.
  • La pornografía nunca añade cosas buenas a tu vida; ella solo añade esclavitud y falsa intimidad.
  • La pornografía es un veneno que te va intoxicando gradualmente.
  • La pornografía buscará, en primer lugar, anestesiar tu consciencia para que no puedas escuchar la voz de Dios cuanto te esté llamando.
  • La pornografía buscará, en segundo lugar, romper el mecanismo de medir consecuencias para que no puedas sopesar el dolor de una esposa adulterada, unos hijos abandonados, un ministerio destruido, o un llamado de Dios quebrantado.

Hoy estás a tiempo.  Muere a la pornografía. Hazlo antes de que ella te mate.  Y recuerda, Cristo murió por ti.  Ámalo lo suficiente como para matar y sacar a la pornografía de tu vida.  ¡Entonces y solo entonces, podrás vivir en plenitud!

 Un abrazo,

Edwin Bello

Fundador

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Pureza Sexual … RECUERDOS DE UNA FIRMA

marzo 4, 2013

Saludos a todos ustedes que defienden día a día su pureza sexual

“Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica.”  Efesios 2:10

Sentado en su alta butaca de piel marrón y reclinándose frente a su macizo escritorio de caoba clara, mi Padre trabajaba concentrado, bolígrafo en mano.  Como un cirujano que había convertido el movimiento del escalpelo en un arte, el escalpelo de mi padre era el bolígrafo, con el que revisaba documentos, marcaba y subrayaba textos importantes de contratos u opiniones legales.

Yo, con la estatura suficiente como para rasgar con mi vista la superficie de aquella planicie de trabajo intenso, llegaba sigilosamente por la espalda de aquella butaca imponente, que mi padre mecía sutilmente al compás de sus pensamientos.  Allí me quedaba parado, en silencio, viendo cómo mi padre terminaba los documentos revisados, que luego trasladaba metódicamente a una bandeja, para después aprisionarlos con un pisa-papeles metálico que estaba vestido con una franja verde y donde se podía leer la palabra “terminado”.

Como un conductor de orquesta, sus movimientos eran elegantes y precisos y yo, como espectador callado, observaba maravillado su concierto.  Pero no había momento más fenomenal que cuando mi padre acercaba algún documento para estampar en él su firma.  En aquella mañana, vi cómo abrió la gaveta lateral de su escritorio para sacar la chequera.  Entonces, luego de abrirla y escribir todos los detalles de un cheque, procedió a hacer unos peculiares movimientos con el bolígrafo y luego, como si estuviera tachando algo, escuchaba la punta de aquel utensilio de escritura casi rasgando el papel.

Y en efecto, la firma de mi padre era tan peculiar y única que parecía una obra de arte en caligrafía, porque luego de escribir su nombre con elegancia, rodeaba el mismo con estas hermosas y fuertes órbitas ovaladas a manera de rúbrica.  Aquella mañana un fuerte suspiro rompió mi silencio al ver a mi papá creando aquella firma.  Entonces, lo vi cómo giró su butaca para mirarme y sonreírse conmigo. Haciendo un gesto con sus manos, supe que me estaba llamando para sentarme sobre sus rodillas y permitirme contemplar desde la altura aquel maravilloso escenario.

Y allí, acurrucado y protegido por sus brazos, miré la fascinante firma que mi padre acaba de imprimir con una tinta azul intensa sobre aquel cheque.  La miré por varios segundos, que en mi reloj sería como una eternidad, para decirle:  “Papi, ¿por qué escribes tu nombre y luego lo tachas?” El me miró con ternura y se sonrió de nuevo conmigo, como quien comprendía la pregunta y hasta la esperaba.  Entonces me respondió:  “No lo tacho.  Es que así es mi firma.  Los abogados y notarios hacemos firmas con estos garabatos que se llaman rúbricas para que nadie las pueda copiar o pretender imitar.”

“Ah, ahora entiendo”, le dije, agradeciendo la explicación.  Entonces, mirándolo a los ojos, le pregunté si podía darme uno de esos cheques en blanco, para poder escribirlo y firmarlo como él. “Si, mi hijo, vamos a escribirlo y firmarlo, para que puedas cambiar este cheque cuando seas grande.”  Y así, mi padre me ayudó a escribir todos los detalles del cheque y cuando llegó el momento de la firma, puso su mano sobre la mía para ayudarme a hacer una rudimentaria rúbrica sobre mi nombre, mientras me decía:  “¡Así es que se hace!  Que no se te olvide…”

Con el paso de los años y mi advenimiento a la profesión legal también desarrollé una complicada firma, como aquella de mi papá.  Pero no fue hasta hace poco tiempo que un día, escribiendo un carta, me llegaron estos recuerdos.  Ensimismado en mi escritura, terminé la referida carta y la firmé prontamente para llevarla al correo.  Entonces, escuché una suave voz, desde mi espalda, que me dijo:  “Por qué tachaste la carta luego de escribir tu nombre?”   Al voltear la mirada, lo pude ver.  Era mi hijo, Pedro Esteban, con su semblante asombrado y sus ojos tan negros y grandes que me arropaban…

Una marejada de recuerdos vino a mi mente y me transporté a la oficina de mi padre, sentado sobre sus rodillas, cuarenta años atrás.  Allí sentí su caluroso y protector abrazo, su sonrisa, su amor, envueltos todos en aquel recuerdo que mi hijo me había regalado.  Entonces, hice lo único que podía hacer en aquel momento…  Lo tomé entre mis brazos y lo senté sobre mis rodillas y al abrazarlo, con voz entrecortada le dije cómo el abuelo me había enseñado aquella firma y que ahora yo podía enseñársela a él.

Así, tomé un pedazo de papel y posando mi mano sobre la de él, lo ayudé a trazar su nombre y a rodearlo con aquella peculiar rúbrica que sigue tan viva, después de tanto tiempo.  Entonces Pedrito me miró y apretando mi mano, me dio las gracias y me dijo con una voz que comprendía aquel momento: “Papi, yo también extraño al abuelo.”  No hicieron falta más respuestas ni palabras.  Allí nos quedamos abrazados, agradecido yo por la vida, por mi padre y por mi hijo, por el pasado vivido, este presente viviente y lo porvenir que se vivirá.

Hoy te quería compartir estos recuerdos, porque ellos me evocan grandes verdades sobre mi vida y la tuya.  Porque como dice la Palabra, “somos hechura de Dios”.  Y como toda obra maestra, toda pieza de arte, todo hermoso manuscrito, nosotros también llevamos la firma de nuestro Hacedor.  Le pertenecemos.  Eso, precisamente es lo que dice y reclama la firma de Dios sobre nosotros.  Somos hechura suya, inigualables, irreplicables, únicos,  incomparables e irremplazables, como esa misma firma, tan singular de nuestro Padre.

¿Y cuáles son las consecuencias de llevar la firma de Dios sobre nosotros?  Si nos perdemos, si nos extraviamos, Él nos reclamará.  Él no descansará hasta llevarnos nuevamente bajo el techo y el abrigo de su hogar.  Él armará miríadas angelicales de rescates para encontrarnos.  Porque Él no es un Padre que se da por vencido cuando uno de Sus hijos se extravía.  Porque para Él, todo hijo que lleva su firma tiene un valor incalculable.  ¿Sabes cuanto valor tiene Su firma sobre ti?  Cuenta cada gota vertida por su Unigénito en la Cruz por ti y hallarás el valor de Su firma.

Y como aquel cheque que vi hacer y firmar a mi Padre en su escritorio, lo que me da valor es su firma, su marca en mi vida.  Sin ella, no soy nada ni nadie, soy un huérfano sin destino, sin herencia y sin porvenir. Por eso, cuando dudas te asalten sobre tu identidad, sobre tu caminar por esta vida y sobre tu destino, solo mira la firma de tu Padre sobre ti.  Porque ella te habla volúmenes de quien tú eres, quien es Él, de dónde vienes y a dónde vas… Porque Él es el delicado alfarero que te dio forma con amor, que puso sus manos sobre un barro sin identidad para crear una obra de arte extraordinaria.  Porque Él es quien te ha llamado hijo, heredero, príncipe y sacerdote.  Porque en Él, no eres un producto “genérico” y sin identidad sino que tienes nombre y propósito eternos.

Y como tantas obras de arte que se han extraviado y olvidado en algún oscuro ático o diván lleno de cosas viejas e inservibles, hoy puede ser tu día para que seas rescatado(a); hoy puede ser el día cuando te envuelvan las cuidadosas manos de alguien que te limpie con ternura y luego de quitarte años de polvo y descuido, re-descubra la firma de tu Creador.  ¡Entonces, celebrarán tu hallazgo con gozo, porque te creían perdido(a) para siempre pero has sido hallado(a)!  Así ocurrió conmigo.  Así puede ocurrir contigo…

Nunca olvides la firma que llevas, porque ella no solo habla de identidad y destino, sino también habla de una herencia gloriosa: Porque tu firma y la mía anhelan un retorno a la eternidad, allá donde nuestro amado Padre nos espera sentado en su imponente trono, esperando para vernos nuevamente.  Allí será donde nuestro Padre, con un amoroso gesto nos pedirá que nos acerquemos a Él. Allí será donde nuestro Padre nos tomará en sus brazos y nos subirá en sus rodillas para verle cómo conduce el concierto del Universo.  Entonces, ya nada nos podrá separar de Él…

¿Te lo perderías por algún placer pasajero de este mundo?  ¡Declaro que no! ¡Declaro que la firma de tu Padre te lleva de regreso a Su Mansión Eterna!

Un abrazo,

Edwin Bello

Fundador

Pureza Sexual…  ¡Riega  la  Voz!

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Pureza Sexual … ¿CÓMO TE LLAMAS?

febrero 20, 2013

Saludos a todos ustedes que defienden día a día su pureza sexual

De modo que Jacob se quedó solo, y un hombre luchó con él hasta la salida del sol.  Pero cuando ese hombre vio que no podía vencerlo, lo golpeó en la coyuntura de su muslo, y en la lucha el muslo de Jacob se descoyuntó.  El hombre dijo: «Déjame ir, porque ya está saliendo el sol.» Pero Jacob le respondió: «No te dejaré ir, si no me bendices.» Aquel hombre le dijo: «¿Cuál es tu nombre?» Y él respondió: «Jacob». Y el hombre dijo: «Tu nombre ya no será Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido.» Entonces Jacob le preguntó:«Ahora hazme saber tu nombre.» Y aquel hombre respondió: «¿Para qué quieres saber mi nombre?» Y lo bendijo allí.  A ese lugar Jacob le puso por nombre «Peniel»,porque dijo: «He visto a Dios cara a cara, y sigo con vida.»  El sol salía cuando Jacob, que iba cojeando de la cadera, cruzó Peniel.  Génesis 32:23-31

Habrá momentos cuando Dios se encargará de traer nuestro pasado a nuestro presente a fin de poder transformar nuestro futuro.  Son momentos en que nuestro escapismo no será suficiente para mantenernos ocultos de los errores que cometimos y que tratamos con todas nuestras fuerzas de mantener enterrados en el oscuro ático del olvido.

Y al escapar, muchas veces pretendimos ocultarnos en ambientes de perdición junto a otros que también vivían vidas postradas, como las nuestras…  Así no nos sentíamos tan mal, al rodearnos de gentes caídas, que arrastraban cadenas similares a las nuestras.  Así pretendíamos olvidar nuestros errores y vivir con la consciencia anestesiada.

Así que, ante nuestra renuencia a enfrentar la responsabilidad por las conductas pasadas, Dios haría lo que todo buen padre haría para hacernos madurar… Dios abriría ese ático polvoriento de nuestro olvido para que pudiéramos ver cara a cara a nuestro pasado; para que pudiéramos sanar nuestras heridas, perdonarnos y ser perdonados.  No hay de otra forma… No podemos evadirnos ni huir de esta responsabilidad.  Porque el que no aprende de sus errores pasados y no busca la sanidad que solo Dios puede proveernos, acabará repitiendo sus errores y duplicando sus caídas.

Y no hay una enseñanza mejor para ilustrar este principio que la historia del defraudador Jacob.  Luego de haber engañado a Esaú, su hermano mayor y a su padre Isaac para robarse una primogenitura que no le correspondía, Jacob huyó de los suyos para vivir como un prófugo-delincuente, escondido por veinte años en la casa de su tío Labán.

Allí Dios le enseñaría cuán amargo sabe el dolor del engaño que tan expertamente él sabía infligir a otros. Y fue su mismo tío quien le dio una taza de su propia medicina: Tuvo que trabajar 10 años para Labán como condición para poder desposar a Raquel, la hija menor.  No obstante, llegado el momento del casamiento, la novia que se encontraba bajo el tupido velo en la ceremonia nupcial era Lea, la hija mayor.  Sorprendido por el engaño, Jacob tuvo que aceptar a regañadientes este casamiento y trabajar 10 años más para poder desposar a quien verdaderamente amaba, a la hermana menor.

Aún así, viviendo una vida como engañador bajo la cobertura de otro engañador mayor que él, Dios le prosperó grandemente con vastas posesiones.  Y en el momento de seguir el designio de Dios para re-encontrarse con su hermano, Jacob no supo hacer otra cosa diferente a lo que siempre había hecho: escapar y esconderse.  Así fue cómo Jacob huyó en medio de la noche de la casa de Labán, llevándose consigo a sus dos hijas, sus nietos y todas sus posesiones.

En el momento crucial de enfrentarse a su hermano, gran miedo se apoderó de él y pretendió escudarse detrás de sus esposas, hijos y animales.  ¡Qué despliegue de cobardía!  Pero al permitir que Jacob enviase delante de él a toda su familia y todo lo que tenía, Dios estaba preparándole una emboscada divina. Porque así, usando a todo lo que tenía como escudo, Jacob quedó completamente solo y huérfano de todo lo que Dios le había dado.  Y es en ese entonces, que Dios lo asaltó por la espalda y se abalanzó contra él para comenzar una lucha que se prolongaría por toda la noche.

¿Podía ganarle Jacob a Dios?  Imposible. ¡Ni pensarlo!  Pero en esta lucha, Dios permitiría que Jacob agotase hasta la última gota de sus fuerzas, hasta la salida del sol.  Porque solo así, cuando Jacob estuviese rendido y agotado, él podría depender completamente de Dios para que cambios permanentes ocurrieran en su vida.  Y luego de batallar hasta el amanecer con Dios y resistirse a soltarse si no era bendecido, Dios hirió a Jacob en la coyuntura del muslo para minar todas sus fuerzas y causar su rendición. ¿Pero por qué en el muslo?  Porque Dios trabajaría con Jacob donde más lo necesitaba, en el área de mayor debilidad en su vida.

Porque para un experto en escapadas, para uno que se ha pasado toda la vida huyendo, no poder correr le obligaba a enfrentar su realidad.  Y una vez Jacob estuvo impedido de correr, Dios podría trabajar con él para confrontarlo en amor con las preguntas difíciles de un pasado que finalmente lo alcanzó:  “¿Cuál es tu nombre?”  Le dijo Dios a Jacob.  ¿No sabía, acaso Dios, el nombre de Jacob?  La realidad es que esta pregunta era para que Jacob reconociera el carácter detrás de su nombre; para que reconociera que el nombre “Jacob” quería decir “estafador” y solo podría ser bendecido si reconocía tal debilidad de carácter en su vida.

Entonces, cuando Jacob reconoció, rendido y en el suelo, que era un estafador, Dios pudo transformarlo y cambiar su nombre al de “Israel” que quiere decir, “el que lucha con Dios”.  Por primera vez, el viejo Jacob no huía, sino que se atrevía a luchar.  Es entonces, transformado en un nuevo hombre, que Jacob puede cambiarle el nombre al lugar de aquella batalla, para denominarlo “Peniel” que quiere decir “he visto a Dios cara a cara y sigo con vida”.  Es entonces, cuando Jacob es transformado, que puede presentarse ante su hermano en paz y sin miedos.

¿Puedes relacionarte con esta historia?  ¿Puedes verte en el espejo de Jacob, huyendo de tu pasado, evadiendo los errores que cometiste, escondido y anestesiando tu consciencia para evitar que te reclame un giro en tu caminar de 180 grados?  ¡No huyas más!  Tu pasado alcanzará tu presente, porque Dios está en el negocio de trasformarte y sólo lo podrá hacer si te rindes Él.

Como Jacob, pelearemos con Dios hasta el cansancio.  Y es ahí, luego de haberlo perdido todo y rendido todo, que Dios nos preguntará nuestro nombre: Porque Él nos enfrentará con nuestra vieja criatura caída a fin de que podamos enterrarla para siempre.   Y cuando nos agotemos, nos daremos cuenta que de nada nos valieron esas luchas.  Entonces, Dios vendrá con Su manto sanador a extirpar de nuestra vida lo que nos mantenía atados.  ¿Huimos?  ¿Engañamos?  ¿Fingimos?  ¿Vivimos una doble vida? ¿Juzgamos? ¿Resentimos? ¿Envidiamos? ¿Abusamos? ¿Idolatramos? ¿Manipulamos?  ¿Sentimos Avaricia?  ¿Lujuriamos? Dios sabrá cómo operar en el punto preciso para extirpar nuestra debilidad.  Y una vez caigamos en Su sala de operaciones divina, nunca seremos los mismos.

Sí, preparémonos a cojear por un tiempo, porque esto se trata de aprender nuevamente a caminar; caminar en Su presencia, bajo un nuevo nombre y una nueva identidad en Él.  Y ahora, renovados, transformados en seres nuevos, podremos enfrentar a cualquier reto que venga a nosotros.

Por esto es que es indispensable que entiendas algo: No podrás enfrentar los retos de hoy con los viejos nombres y estilos del pasado.  No podrás enfrentar las demandas de Dios sobre tu vida presente con los recursos que fueron para otras temporadas.  Lo que pasó, pasó.  ¿Qué necesitas?  Rendirte en tu limitación y reconocer que necesitas desesperadamente un cambio de nombre por parte de Dios.  Que necesitas desesperadamente que Dios te bendiga.  No te sueltes de Él, porque Él te bendecirá si tú lo anhelas por encima de todo.

¿Necesitas algo más?  Sí.  Necesitas poner tu mirada en el rostro de Dios.  Convertir tu vida en un “Peniel” y creer que mirándolo a Él encontrarás la solución para todas tus interrogantes.  Amado y amada que me lees, no evadas más el llamado de Dios a una vida radicalmente comprometida con Su causa.  Sea tu lucha la pureza sexual o no, Dios te invita hoy a la aventura divina de vivir una vida radical por Él y para Él.  ¡Acepta el reto!  ¡Una eternidad te aguarda!

Un abrazo,

Edwin Bello

Fundador

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Pureza Sexual … LOS MISERABLES DE LA LUJURIA SEXUAL

febrero 4, 2013

Saludos a todos ustedes que defienden día a día su pureza sexual

“Yo sé que en mí, esto es, en mi naturaleza humana, no habita el bien; porque el desear el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Y si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí.  Entonces, aunque quiero hacer el bien, descubro esta ley: que el mal está en mí. Porque, según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero encuentro que hay otra ley en mis miembros, la cual se rebela contra la ley de mi mente y me tiene cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Doy gracias a Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Así que yo mismo, con la mente, sirvo a la ley de Dios, pero con la naturaleza humana sirvo a la ley del pecado.”  Romanos 7: 18-25

El peso de nuestro pasado, de nuestras acciones llenas de impureza y una densa oscuridad repleta de víctimas, ha hecho que muchos de nosotros nos veamos como seres despreciables, personajes horribles de una historia vergonzosa, almas miserables que dan tumbos por calles de pecado e inmundicia, donde la lujuria sexual nos ha convertido en monigotes, sin otro destino que no sea la esclavitud de nuestras cadenas.  Hasta cierto punto, las impactantes palabras del Apóstol Pablo a los Romanos reflejan esta cruenta lucha entre los miembros de la carne y las sensibilidades del espíritu.  Como todos los que hemos conocido a Jesucristo y le hemos abierto el corazón, anhelamos honrarle, seguirle y corresponder su amor.  Nuestro espíritu vive enamorado de Él.  Pero nuestra carne sigue aprisionada, ciega, atada y obsesionada con los placeres de este mundo.  Y al dar tumbos entre lo bueno y lo malo, la culpa nos rompe por dentro.

Sí, nos hemos visto como miserables hundidos en nuestra propia miseria, sin derecho a tener esperanzas por todo lo impuro que ya hemos hecho…  ¿Así te sientes tú?  Pues si así te ves, en el espejo de tu desesperanza, permíteme contarte la historia de un hombre extraordinario que encajaba perfectamente en esa descripción.  Es la historia de un hombre condenado y sentenciado por sus acciones equivocadas, aunque para muchos, justificables.  Es la historia de un hombre que luego de expugnar su condena, nunca dejó de ser prisionero, aplastado por un mundo que le succionó toda esperanza.

Culpable de robar un pedazo de pan para alimentar una sobrina que estaba al borde de la muerte, el sistema lo sentenció a 19 años de trabajos forzados y lo clasificó como un criminal peligroso y sin posibilidades de rehabilitación.  Luego de cumplir su sentencia, quedaría prisionero de una probatoria de por vida, que le obligaría a reportarse a las autoridades cada semana para informar cada paso que daba.  Ante los ojos del mundo y sus propios ojos, nunca dejaría de ser aquel criminal, que no merecía ninguna compasión ni oportunidad para vivir una vida verdaderamente libre.  Dondequiera que iba, tenía que mostrar el certificado de su prisión, esa prisión que nunca dejó de llevar a cuestas y que siempre le causó el deprecio de todos.

Entonces, un día, la misericordia de Dios trastocaría toda la vida de este hombre.  Sin poder encontrar un refugio para dormir, ya que hasta de los establos de animales era expulsado, no le quedó otro remedio que dormir en el frío rincón de una calle del poblado de Digne, donde los duros adoquines de la acera le servirían de almohada.  De allí lo rescató un clérigo, quien le ofreció comida caliente, ropa limpia, una blanda y tibia cama, pero sobretodo, un amor incomprensible. Durante toda la noche, este hombre luchó con la tentación de robar los cubiertos y la fina vajilla de plata que el clérigo tenía en su casa.  Por su mente se arremolinaban las mismas ideas derrotistas de siempre: “Nunca dejaré de ser un criminal. Siempre seré un ladrón para el mundo.  Nadie me dará una oportunidad.  Mejor me vale seguir siendo un ladrón, porque eso es lo que la gente siempre pensará de mí.”  Poco a poco, estos pensamientos lo fueron venciendo.  Y cuando no pudo más, se catapultó de la cama hacia el comedor para robarse los valiosos utensilios de plata y huir de aquel lugar que bien lo había albergado.

Al cabo de unas horas, las autoridades lo habían arrestado y regresado esposado a casa del clérigo para que éste pudiera identificarlo e identificar las pertenencias robadas.  Allí, arrodillado y avergonzado, los policías le preguntaron al clérigo si esas eran sus pertenencias.  El se acercó al ladrón cabizbajo y dijo, “sí estas son mis pertenencias, pero nada malo ha hecho este hombre, salvo que con su prisa al partir, dejó estos dos candelabros de plata sólida que también le había regalado.  ¡Déjenlo libre, porque este hombre es inocente!”  Con la quijada caída y el rostro pasmado por la sorpresiva declaración del clérigo, aquel ladrón no entendía lo que estaba pasando, mientras los policías le quitaban las esposas y aflojaban sus cadenas.  A pesar de ser culpable, había sido declarado inocente por quien recibió el ultraje victimizante de su delito.

Y ahora, libre, sin aquellas cadenas físicas que apresaron su cuerpo, había llegado la hora para que las cadenas espirituales se cayeran, pudiendo liberar su mente.  Entonces, nuevamente en la casa de aquel clérigo que no lo condenó, postrado en la capilla, aquel hombre se preguntaba, “¿qué ha ocurrido?  ¿Por qué mis culpas han sido borradas?  ¿Acaso merezco este amor, este perdón?  ¿Es que el amor de este clérigo, de Dios, puede romper las cadenas y perdonar a un ladrón?  ¿Por que me amas, Dios, cuando el mundo me odia? ¿Cómo es posible que tú me perdones, Señor, cuando lo único que has recibido de mí es traición tras traición?” 

Y para añadir más peso a aquellas interrogantes, la boca del clérigo se acercó al oído del ladrón para decirle: “El amor y el perdón que se te ha dado no deben ser malgastados.  Con ellos no solo nace un hombre nuevo, sino una nueva responsabilidad para hacer algo bueno, algo que edifique y toque las vidas de otros.  Utiliza lo que se te ha dado para servir a los demás, para hacer el bien.”  

Entonces, aquel hombre lo entendió.  El amor de Dios había matado al viejo ladrón para hacer que renaciera un hombre nuevo y diferente.  Revivido por esa convicción que le llegó del cielo, el ladrón se levantó y corrió al jardín de la casa del clérigo y cruzando por un cementerio aledaño, se paró en el borde de un inmenso precipicio para gritar que el viejo ladrón había muerto.  Y mientras anunciaba tal noticia al mundo, tomó el arrugado certificado de condena que siempre le acompañó y lo hizo mil pedazos para luego lanzarlo al viento.  Allí nacería un nuevo hombre, concebido por el amor de Dios, ese amor que se derramó en el corazón de un clérigo que se prestó como instrumento.

Para los que han leído la épica novela Los Miserables, de Víctor Hugo, bien conocen el resto de la historia del protagonista, Jean Valjean:  Su vida fue transformada e hizo buen uso del amor y del perdón que le fueron regalados al transformar la vida de muchos y librar de la miseria a seres que, como él, no tenían oportunidades de sobrevivir a menos que el mismo amor y perdón de Dios les alcanzara.  Te preguntarás, ¿y qué tiene que ver esto con nuestra lucha en contra de la lujuria sexual?  Pues te comparto que muchas son las similitudes cuando vemos la vida de aquel ladrón y la comparamos con la nuestra.

Así como Jean Valjean, muchas veces nos sentimos destituidos del amor de Dios, descalificados de su perdón, a pesar de haber vivido largos años de prisión y de condena.  El mundo nos condenó para siempre, martillando en nuestra cabeza que nunca seríamos libres.  Y nosotros, le creímos las mentiras al mundo, afirmando que siempre seríamos ladrones.  Y para afianzar la mentira, el certificado de nuestra prisión que siempre llevábamos en nuestro bolsillo y en nuestra alma nos recordaba incesantemente que estaríamos manchados para siempre con la culpa y la condena.

¿Puedes verte en este espejo, desposeído del amor de Dios y de su perdón liberador?  Si así te ves, te tengo noticias:  Las cadenas de la lujuria sexual no podrán resistir el amor y el perdón de Dios. Los eslabones se romperán.  No importa cuán bajo hayas caído o cuántas veces hayas traicionado a Dios, Él siempre está ahí esperándote para sacarte de la prisión y restaurarte.  ¿Qué tienes que hacer?  Creer. Creer que el amor y el perdón de Dios te levantarán. Creer que todavía estás a tiempo, porque si respiras, si tu corazón palpita, la puerta de la misericordia divina no se ha cerrado para ti.

Entonces, como Jean Veljean, levántate y corre al encuentro con ese nuevo hombre.  Y como aquel ladrón, tendrás que pasar por un cementerio.  Tendrás que morir al viejo hombre y gritar a los cuatro vientos que el hombre esclavizado a la lujuria sexual está muerto:  De ser miserable, te convertirás en heredero de las riquezas del cielo.  Y allí, ante la inmensidad de un mundo que te mira, en lo alto del precipicio que en incontables ocasiones te ha juzgado y condenado a caer al vacío, destroza en pedazos el certificado de condena que tantas veces te aprisionó.  Porque la verdad es que tal pedazo de papel, no tiene poder sobre tí.  ¿Sabes por qué?  Porque la deuda de muerte ha sida pagada; porque la prisión ha sido rota y el Hijo de Dios ha saldado la sentencia; porque nuestro Salvador, Jesucristo echó sobre sí la pena de muerte que pesaba en tus espaldas.  ¡Eres libre y nadie te puede quitar esa libertad ganada en la cruz del Calvario!

Y ahora, ¿qué camino te queda por delante?  Pues el de la libertad y el de dar por gracia, el regalo que por pura gracia has recibido.  Ahora te queda caminar este camino reconociendo que no ha valido poco el regalo del amor y el perdón de Dios sobre tu vida.  Te queda reconocer y accionar en fe, la gran responsabilidad de tocar a muchos con ese mismo amor y ese mismo perdón liberador.  ¿Te atreverás? ¡Así lo espero, porque si lo haces, te convertirás en canal transformador para multitudes de prisioneros! Si te atreves, deberás vivir como un hombre nuevo y libre, en lugar de vivir como un ladrón encarcelado. ¡Si te atreves, deberás hacer buen uso de esta oportunidad que Dios te regala con su misericordia para tocar la vida de muchos! ¡Hazlo, porque Dios cuenta contigo; porque sólo puede dar un testimonio de libertad el que ha presenciado y vivido en carne propia cómo los barrotes se rompen con el poder libertador de Cristo Jesús!       

Un abrazo,

Edwin Bello

Fundador

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