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Pureza Sexual … LA GANANCIA DE TU PÉRDIDA

enero 10, 2012

Saludos nuevamente a todos ustedes que defienden día a día su pureza sexual

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.  Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.  Mateo 16:24-25

Atados a los impulsos erráticos de la lujuria sexual, nos negamos a seguir los pasos de personas bien intencionadas que posaron huellas en nuestra vida.  Seguir a alguien iba en contra de nuestra “naturaleza” aislada, clandestina y adictiva.  Más bien, lo único que seguíamos eran los llamados avasallantes del sexo compulsivo; de una carne que se revelaba en contra de nosotros para sacudirnos como hojas –de un lado para el otro– por ventarrones de perdición.

Entonces, un día, Cristo se encontró con nosotros en alguna esquina de nuestra vida.  Frente al Salvador, su llamado a dejar atrás aquel tormentoso pasado y seguirlo fue demasiado poderoso; no pudimos resistirnos.  Así, sin voltear la cabeza, lo dejamos todo por Él…  Las muchedumbres nos llamaban los “discípulos” de Jesús; seguidores de aquel Hombre que hablaba sobre el Reino de Dios y las buenas nuevas de salvación.  Pero, realmente ¿éramos sus discípulos?

Habíamos caminado junto a Él por todos aquellos caminos.  Habíamos presenciado Su Poder por medio de la Palabra y de los milagros que transformaron la vida de miles de personas.  Aún así, nuestra vida seguía atada a aquellas viejas pasiones que, ahora, hormigueaban en nuestra mente.

Unidos a aquel pasado contaminado, el caminar con Jesús nos había hecho pensar que éramos superiores –o mejores– que el resto de la multitud.  Nuestra mente nos jugó una mala jugada…  Pensamos que si Cristo nos había escogido, pues eso nos cualificaba como más “santos”, o más “puros” que el resto de la gente que se cruzaba en nuestro caminar.  Estábamos confundidos.  Nos olvidamos que Cristo había venido a buscar a los pecadores, a los enfermos, a los hambrientos, a los pobres de espíritu.

Estar a su lado –caminar junto a Él para presenciar Su obra– ser alimentado y enseñado de Su mano, como discípulos, subrayaba lo opuesto a lo que nuestros egos inflados podían indicarnos:  No éramos más “santos”, sino más pecadores; no éramos más puros, sino más atados con la impureza del mundo.  Estábamos más hambrientos, más enfermos y más pobres que aquellas muchedumbres que nos seguían y, por eso, nuestro caminar al lado de Jesús era cosa de vida a muerte.

Y ante un caminar que se había conformado con lo terrenal, con lo mundano, con tener un día los pies bien plantados en la pureza y, al siguiente día, estar hundidos nuevamente en el oscuro pantano de la lujuria sexual, las palabras del Cristo vendrían a sacudir nuestra vida:  Seguir a Jesús iba a requerir mucho más que poner un pie en frente del otro.

Niégate….

Primero tendríamos que “negarnos”.   Sí, negar todo aquello que no afirma una vida comprometida con Jesucristo.  Negar los impulsos de esta carne tan testaruda y caprichosa.  Negar nuestra mente conformista con un Cristianismo salpicado de impureza y con licencia para pecar.

Y en el proceso de negarnos, le decimos a Dios que dependeremos de El, como el ciego depende de su lazarillo para moverse.  No confiaremos más en nuestro propio entendimiento, en nuestro orgullo para caminar.  Ahora, Dios nos dirá cuál es el camino a tomar.  Porque sólo negándonos a nosotros mismos podremos decirle que sí a nuestro Salvador.

 Cambia tu vieja carga por la cruz que Cristo te ofrece…

Y luego de negarnos, habría que tomar nuestra propia cruz para seguir a Cristo.  La consecuencia era obvia.  Para cargar el yugo de Dios, tendríamos que deshacernos de nuestros viejos yugos, aquellos que nos esclavizaron a un pasado desierto de esperanza.  Ahora, la Cruz del Salvador nos prometía el sufrimiento del Calvario, pero la gloria de la resurrección.  Porque luego de la muerte que viene con el negarnos, Dios nos ha prometido que viviremos para siempre.

Sigue a Jesús, genuinamente, con el corazón…

Y finalmente, luego de negarnos y cargar la cruz, tendremos que enfocar nuestra mirada –y aún más, nuestro corazón– en seguir a Jesús, paso a paso, por todo camino que nos lleve a una verdadera transformación de nuestra vida, cuando seamos tocados por su Poder.  Porque seguir a Jesús no se hace caminando tras de Él; no se hace con el movimiento de los pies.  Seguir a Jesús se hace con el amor del corazón.

¿Te das cuenta ahora?  Sólo podremos ser discípulos si vivimos como Él vivió y murió; si Él es nuestra brújula de vida; si nos atrevemos a vivir agarrados de su gracia, como vivió Él, agarrado del Padre.  Entonces, seremos iluminados con las palabras que nos hablan de “salvar” o “perder” la vida.  Entonces podremos entender que “perder” esta vida por Cristo nos llevará a salvarla con Él en la eternidad.  Entonces, podremos entender que intentar “salvar” esta vida por medios naturales siempre nos llevará a la derrota, a la esclavitud y a la destrucción.

Ahora, el camino se ha cerrado para darnos una sola alternativa:  Sólo Dios puede salvarnos.  Sólo Dios puede regalarnos una vida que perdure y sobrepase los vaivenes de este mundo.  Sólo Dios puede darnos eternidad plena.  Entonces, te sugiero algo descabellado:  Conviértete en “perdedor” de tu vida.  Entrégala; deséchala; descártala; dale la espalda a lo que este mundo te propone.  Porque esta aparente pérdida, será reemplazada por una gran victoria… ¡Una que te espera en los cielos!

Un abrazo,

Edwin Bello

Fundador

Pureza Sexual…  ¡Riega  la  Voz!

PD: Escucha el audio testimonio de Edwin Bello de cómo pudo vencer a la lujuria sexual.  Presiona pureza sexual para acceder.

   

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One Comment leave one →
  1. enero 10, 2012 5:01 pm

    Super esto me bendice!! Es cierto muchas veces no podemos cargar bien la cruz que Jesús nos da, por que andamos con pequeñas cruces que no pertenece. Andamos en aparente pureza, pero todavía no hemos negado pequeñas reservas de lujuria que guardamos en el corazón.

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