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Pureza Sexual … LAS MUDANZAS Y VERGÜENZAS DEL SEXO ESCLAVIZANTE.

julio 29, 2012

Saludos nuevamente a todos ustedes que defienden día a día su pureza sexual

“¡Hay mijito, que mucho trabajo!  Tres mudanzas equivalen a un fuego” me dijo un día mi abuela Georgina mientras colocaba con cuidado –pero como hormiguita laboriosa– una vajilla envuelta en papel de periódico dentro de una caja de cartón.  Nos preparábamos para alzar vuelo de la casa donde nací para ir a vivir a la vieja casa del pueblo en la Calle Hostos, aquella que mi padre había comprado y comenzado a reparar.

¡Mi euforia por la mudanza era incontenible!  Ahora viviría a una esquina de la plaza donde la fuente de chorros saltarines y las susurrantes palomas me esperaban para animar mis juegos.  Atrás dejaría aquella oscura vivienda de mis primeros años que era testigo del robo de mi inocencia, aquel cadalso disfrazado de casa, donde un día me ahorcaron por el cuello la inocencia, sacándome todo aliento de vida con la soga anudada del abuso lujurioso.

Sí, en mi mente infantil, la mudanza serviría para borrar el dolor de aquellas profundas heridas, como si ellas fueran a desaparecer por el mero cambio de un lugar para vivir.  Así me di cuenta que las heridas son como las cajas de tu mudanza:  Mientras decidas guardarlas, las cargarás contigo a donde quiera que vayas.

Y después de aquella primera mudanza de mi infancia, tuve que enfrentarme a otras mudanzas más complejas y retantes:  Eran las mudanzas de salida y retorno a la vieja casa de la Calle Hostos, antes y después de su restauración.  Esto es así porque al principio, nos mudamos a la vieja casa en condiciones que coqueteaban con lo deplorable.  Sólo se habilitaron las áreas estrictamente necesarias para vivir y el resto, se cubrió con paneles de cartón prensado y plafón acústico.

¿Por qué califico estas mudanzas como complejas y retantes?  Porque en ellas tendría que enfrentarme a mis fantasmas; tendría que limpiar mis gavetas y mis lugares secretos, sacando de allí toda la pornografía que por años había escondido, con  tal de que la misma no fuera descubierta y causara tremendo escándalo, cosa que ya había ocurrido en varias ocasiones.  Entonces, tendría que darme a la tarea de buscar en todo lugar imaginable los escondites de la pornografía que me esclavizó por años.

Y si por esas cosas de la vida, mi madre descubría alguna de aquellas revistas, el bombazo no se haría esperar:  Pegando el grito en el cielo, me diría par de cosas sobre lo sucio y censurable de esas revistas, mientras yo trataba de escabullirme, mirando para el piso y echándole la culpa a todos los miembros de la familia, menos yo.

Porque verás, sin darme cuenta, estas experiencias me fueron enseñando, poco a poco, que las mudanzas te invitan a una profunda reflexión de lo que tenemos, de lo que queremos conservar y de lo que decidimos dejar ir.

En mi caso, muchas veces decidí desempolvar y preservar aquellos “tesoros pornográficos” olvidados en una grieta de mi casa.  En otras ocasiones, decidí dejar atrás y descartar a aquellos materiales que me habían envejecido prematuramente.  Y en otras ocasiones, cuando la indecisión me venció, cuando no busqué diligentemente para excavar las viejas osamentas de lujuria, ellas serían descubiertas por otras personas, causándome tremenda vergüenza.

Ahora, mirando hacia atrás, puedo ver que las mudanzas de mi vida me forzaron a esconder lo que yo era verdaderamente, para así poder perpetuar una mentira.  En vez de usar las mudanzas para “limpiar la casa” y poder salir de esta basura de lujuria, utilizaba las mudanzas para rescatar mi pornografía escondida y buscarle un nuevo escondite en mi nueva vivienda.

¿Por qué te hablo de esto?  Porque en estas pasadas semanas me he enfrentado a una nueva mudanza en mi vida.  Una de esas que habría puesto a caminar en todas direcciones a la abuelita Georgina.  Es la mudanza de mi vida adulta, buscando un mejor porvenir para mis hijos y mi familia.  Es la mudanza repleta de cajas, llenas de recuerdos, todos entrelazados por el cordel invisible de la fe.  Es la mudanza salpicada de aventura con varias pizcas de locura, para intercambiar el hoy que conozco por ese mañana incierto que aún así, me da esperanza.  Es la mudanza que nos invita a caminar en obediencia, creyendo que cada paso es sustentado por Dios, por el bien de este Ministerio.

Y en medio del corre y corre de esta mudanza, cuando las gruesas gotas de sudor corrían por mi frente, pude verlos… Allí estaban mis hijos, jugando entre las cajas de todos nuestros recuerdos.  Entonces, ahí me vino un pensamiento que infundió paz y alegría para mis pequeños:  “Tranquilo. Ten paz. Están bien. La pornografía no los asaltará de entre medio de estas cajas.  La pornografía no existe en esta mudanza.  La pornografía es cosa del pasado.”

¿Que te puedo decir con estas experiencias?  Limpia la casa, libera tus gavetas, rebusca en los escondites secretos de tu hogar y saca de allí la pornografía esclavizante.  Porque si no la sacas, ella saldrá algún día, para avergonzarte.  Ella saldrá algún día de su escondite de oscuridad para darle a tus hijos las mismas cadenas que te dio a ti.  ¿Se lo permitirás?  ¡Declaro que no!     

Un abrazo,

Edwin Bello

Fundador

Pureza Sexual…  ¡Riega  la  Voz!

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