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Pureza Sexual … ACUÉRDATE DE MI, SEÑOR

agosto 15, 2013

Saludos a todos ustedes que defienden día a día su pureza sexual

“Y uno de los malhechores que estaban colgados allí le lanzaba insultos, diciendo: ¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!  Pero el otro le contestó, y reprendiéndole, dijo: ¿Ni siquiera temes tú a Dios a pesar de que estás bajo la misma condena?  Y nosotros a la verdad, justamente, porque recibimos lo que merecemos por nuestros hechos; pero éste nada malo ha hecho.  Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.  Entonces El le dijo: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso.”  Lucas 23: 39-43

Nadie estaría más cerca de Cristo que yo en la culminación de Su pasión.  Compré mi palco preferente con el precio de mis delitos y la sentencia de muerte que recayó sobre mí para cortar mi vida en plena juventud.  Sí, mi cuerpo mutilado, destrozado por los azotes y los golpes, también se levantaría en el Gólgota como muestra de la violencia de este mundo.  Mis manos y mis pies serían traspasados por la furia de los clavos y el golpe del martillo.  Pero a diferencia de aquel Hombre Galileo, mi sentencia era justa; cada herida, cada golpe, era el resultado de mis delitos.  Yo era merecedor de este suplicio.

No buscaré justificación en mi pasado de abandono, en no tener buenos modelos durante mi crianza, en tenerme que lanzar a las calles desde niño a buscarme mi sustento para sobrevivir.  Esas pudieron ser buenas excusas en algún momento de mi vida, cuando la maldad del pecado me tragó entre sus fauces… Pero luego, cuando  llegó a mí este mensaje de esperanza, supe mejor y no hice nada para enderezar mis pasos.

Sí, yo fui uno de los que escuché el mensaje de Jesus y me alimenté de Su Palabra de Vida, pero lo descarté, pensando que más tarde podría venir a sus caminos, que más tarde tendría otras oportunidades. ¡Qué necio fui!  Permití que el conformismo de este mundo me engañara; permití que mi mente se embriagara con un pensamiento de muerte que ahora me pasaba la factura: que todavía tenía tiempo para buscar una santidad; que no me preocupara por seguir los pasos de Jesús; que todavía me quedaba mucho por vivir.

Ahora, clavado en una cruz que me condena a morir sin esperanza, puedo ver la película de mi vida y darme cuenta que se extinguen mis pasos por esta tierra de manera trágica.  Recibí el sublime regalo de vivir y en lugar de apreciarlo como un tesoro, lo descarté entre vicios y delitos que me sumieron a una densa oscuridad.  Huérfano de sueños, sin un legado que dejar a nadie, sin nada bueno que hable de mí y de lo que hice mientras viví, hoy se acaban mis días.  Nadie se acordará de mí; nadie recordará mi nombre; solo seré un delincuente más que tronchó sus días prematuramente al escoger este camino de muerte.

Aún así, desvanecidas todas mis esperanzas en esta tierra, tengo que confesar que todavía queda una débil llama en mi pecho que la Palabra de este Justo encendió en mí años atrás, cuando escuché desde un monte uno de sus mensajes.  Recuerdo que decía que “los de limpio corazón” eran bendecidos, porque ellos verán a Dios. ¿Sería yo uno de esos? ¿Podría Dios limpiar mi corazón y darme una última oportunidad, aunque fuera para la otra vida?  ¿Tendría yo esperanzas para el Reino de los cielos, allá donde Dios mora y espera por sus hijos?

Entonces, durante todo mi caminar en ruta a la cumbre de este monte lo vi.  Una queja no salió de sus labios.  Más que dolor por sus heridas, lo que veía en su rostro era el dolor por los que lo perseguían y agredían.  Más que pedir justicia, todo lo que hizo fue orar y pedir a Dios que perdonara a todos los que le hacían el mal.  Más que pedir consuelo, consoló a la muchedumbre que lloraba y no entendía este sacrificio. 

Lo vi paso a paso, vestido de mansedumbre y humildad; lo vi llevando una cruz tan pesada como el odio del mundo, pero liviana al compararla con Su amor por esta humanidad que no lo merecía.  Lo vi, despojado de todo lo terrenal, pero revestido de un brillo de eternidad que insuflaba fuerzas y esperanzas para un mañana en otra tierra, en otro mundo, alejado de todo este dolor.  Lo vi, apresado en esa cruz, que para los ojos de muchos destilaba muerte y derrota, pero ante mis ojos esa cruz lo hacía libre y victorioso, en plenitud de vida y gozo.

Entonces, en medio de todo lo majestuoso que mis ojos estaban viendo, se rompió el silencio de aquella cumbre con un grito de desesperación.  El hombre crucificado al otro lado de Jesús abrió su boca para insultarlo, para cuestionarlo sobre esta pasión que Cristo había decidio echarse sobre sus hombros, aun sin merecerla. “¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!”

Aquella voz me recordaba otros momentos, cuando mi voz se escuchaba de idéntica manera.  Eran las temporadas cuando intenté escapar de mis problemas sin enfrentarlos, cuando no quería asumir la responsabilidad por mis acciones.  Sí, me escuché en la voz de aquel otro reo de muerte que quería escapar de una condena merecida.

Pero hoy mi boca no se abriría para quejarme de lo que yo mismo me propicié, ni buscaría una escapatoria terrenal a mi dilema.  Hoy, pensaría en la eternidad.  Entonces busqué acallar la voz de aquel otro reo con mis palabras al decirle: “¿Ni siquiera temes tú a Dios a pesar de que estás bajo la misma condena?  Y nosotros a la verdad, justamente, porque recibimos lo que merecemos por nuestros hechos; pero éste nada malo ha hecho.”

Sí, esa era la verdad.  Yo merecía morir, pero el Hombre al lado mío merecía vivir.  Yo había sido sentenciado justamente, pero el Hombre al lado mío había sido condenado a la muerte de manera injusta.  Entonces se me ocurrió una alocada idea: Este Hombre no buscaba recompensas terrenales, sino las eternas.  Este Hombre entregaba su vida en esta tierra a cambio de una mejor vida en los cielos.  Clavado en esa cruz, este Hombre ya tenía puesta la mirada en otro mundo, en otro destino: en la casa de Su Padre.

Fue por eso que me atreví.  Me atreví a abrir mi boca una vez más, antes de que el sello de la muerte la enmudeciera para siempre.  Entonces le dije:  “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.”  ¿Sí, Señor, podrás acordarte de este malhechor agarrado de un hilo de esperanza, que en la última hora de su vida puede reconocerte y darte la honra que te mereces?

Las palabras de Jesús no se hicieron esperar.  Porque Él se especializa en aquellos del último momento; en los que son arrebatados del reino de las tinieblas en el segundo final.  Su manto de misericordia se extiende por toda la tierra para cubrir a todo aquel que busque salvación aun con el último suspiro de su vida:  “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso.”

No se necesitaron más palabras. Su promesa de eternidad era suficiente.  Sus palabras cerraron mis ojos en paz, porque había encontrado la Verdad que se me perdió en el camino.  Hoy podía descansar confiado, porque mañana, cuando despierte, habré abierto los ojos al nuevo amanecer que Cristo, el Lucero de la Mañana, ya me ha prometido.

Mañana seré un ciudadano de Su Reino eterno.  ¡Mañana abriré los ojos y estaré vivo en el Reino de Aquel que me arrebató de la cruz y de la muerte, para darme salvación en mi último momento!

Ahora te toca a ti.  ¿Te atreverás a abrir tu boca, aún cuando nada más quede, para decirle al Salvador que se acuerde de ti?  Hazlo.  No tengas miedo.  Él ya tiene su respuesta preparada y ella encierra una promesa de eternidad.  Si te atreves, tú también abrirás los ojos a una nueva vida en su Reino imperecedero.  ¡Allí vivirás para siempre!

Un abrazo,

Edwin Bello

Fundador

Pureza Sexual…  ¡Riega  la  Voz!

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2 comentarios leave one →
  1. agosto 16, 2013 10:55 pm

    Edwin, que bendición poder leer estas letras. Me ayuda a valorar más el sacrificio de Jesús por nosotros, a entender la importancia de reconocer la culpabilidad de nuestros pecados y recordar que si no hubiera sido por Cristo estaríamos esclavizados para siempre. Gracias!

  2. Agustín permalink
    agosto 28, 2013 5:19 pm

    Gracias!

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